1952, USA, 89 minutos, The big trees. Director: Felix E. Feist. Guión: James R. Webb y John Twist, según una historia de Kenneth Earl. Montaje: Bert Glennon. Fotografía: Bert Glennon. Música: Heinz Roemheld. Intérpretes: Eve Miller, Kirk Douglas, John Archer, Edgar Buchanan, Charles Meredith, Alan Hale Jr., Ellen Corby, Roy Roberts, Harry Cording, Patrice Wymore.
Jim Fallon, hombre sin escrúpulos que trabaja en una explotación forestal, y Yukon Baurns, un bienintencionado amigo, llegan a la tierra de las grandes secuoyas. El propósito de Fallon es estafar a los empobrecidos granjeros que acaban de enterarse de que las reclamaciones que en su momento hicieron sobre sus tierras carecen de validez. Fallon quiere explotar los bosques de enormes secuoyas, enriquecerse y desaparecer. Pero se encuentra con una secta religiosa, cercana a los cuáqueros, que vive en el bosque y para los que el mismo bosque es su iglesia.
En 1900, bajo la administración del presidente McKinley, el Congreso de Estados Unidos aprobó una ley que permitía la explotación de los bosques del Oeste americano, dejando al margen a quienes vivían en ellos en base al Acta de Ocupación de Tierras de 1869. Los madereros se lanzaron a por la madera fácil y abundante de estos bosques.
En el norte de California, donde vivían los cuáqueros, los bosques eran de pinos y secuoyas. Para los cuáqueros, los bosques eran intocables pues representaban la obra y la grandeza de Dios; eran su hogar y su iglesia. Jim Fallon, el maderero sin escrúpulos interpretado por Kirk Douglas, por las vicisitudes de la trama de la película, cambia de opinión y termina por defender los bosques. Es una película conservacionista pero, como ya he dicho, los árboles se defienden por razones religiosas, sin ninguna conexión con la defensa de la biodiversidad tal como ahora la entendemos.
Como curiosidad, la acción se sitúa en el pueblo de San Hedrin, Mendocino County, California. Y en 2007, se editó en España una DVD de esta película, remasterizada digitalmente aunque no de muy buena calidad, con el título de Los gigantes del bosque.
*http://thecinema.blogia.com/2007/071001-the-big-trees-1952-felix-feixt-la-ley-de-la-fuerza.php
sábado 26 de abril de 2008
lunes 21 de abril de 2008
Ciencia y cambio climático
Un nuevo artículo, publicado en El País en 1999 por el filósofo Daniel Innerarity, creo que ayudará a entender la relación entre el método científico y el fenómeno del calentamiento global. Aquí va el artículo, y después, algunos comentarios personales.
Enseñanzas del cambio climático
Daniel Innerarity, El País, 03/11/1999
Que el hombre está amenazado por un cambio climático producido por él mismo es, hace tiempo, un lugar común. La reunión en Bonn de los firmantes del Convenio Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático no hace más que confirmarlo. El problema consiste en que no basta con afirmar cuál es el problema para resolverlo. ¿Estamos realmente amenazados? ¿Quién lo sabe? ¿Es seguro ese saber? No se trata, por supuesto, de una interesante disquisición teórica, sino de una cuestión práctica de la mayor importancia, pero constituye también un asunto en el que se refleja la opinión que la sociedad tiene de sí misma y el valor que concede al saber científico.
Desde finales de los años ochenta, un grupo de científicos norteamericanos a los que se denomina climate sceptics critica alguno de los tópicos corrientes sobre la materia. Los climadisidentes sostienen, principalmente, que el saber acerca del cambio antrópico no es tan seguro como afirman sus anunciadores. La polémica se agudizó en 1997 con el libro The heat is on, de Ross Gelbspan. Su tesis es que el calentamiento de la Tierra es una evidencia que sólo puede ser negada por motivos inconfesables. Los contrarians niegan que "la calefacción está encendida" en una ceremonia de confusión de la opinión pública. Se trataría de una verdadera conspiración entre científicos corruptos e industrias petroleras.
El escenario descrito por Gelbspan parece ignorar que los conocimientos científicos -y muy especialmente los que se refieren al cambio climático producido por el hombre- no tienen el carácter de evidencias irrefutables. De entrada, porque no hay procedimientos empíricos para sustentar una tesis cuando no cabe la repetición de un experimento. Con la Tierra ocurre algo similar a la experimentación en seres vivos. Para que una experiencia sea segura se requiere la posibilidad de repetir el experimento, lo que no cabe hacer sin poner en peligro la existencia misma del objeto sobre el que se experimenta. Todas las afirmaciones acerca del clima de la Tierra pueden ser más o menos razonables, pero no alcanzan aquella seguridad que procede de la contrastación empírica. Y cuanto más general sea la tesis que se sostiene, más modestas tienen que ser sus pretensiones de exactitud. En el fondo, las cosas importantes de la vida son irrepetibles, y por eso sabemos tan poco de ellas. Las dificultades para la determinación del cambio climático son una imagen de las dificultades generales que se tienen en la vida, que no tiene una segunda oportunidad.
Por este motivo son legítimas la discrepancia o la reserva, y carece de sentido adscribirlas al interés inconfesable o la mala voluntad. Con estas acusaciones no se avanza nada en la discusión acerca del valor social y científico del cambio climático.
El auténtico problema es el carácter controvertido de la ciencia y la técnica. Gelbspan parece desconocer esta dimensión de inseguridad que acompaña al desarrollo de la ciencia. Hay muchas teorías acerca del efecto que los seres humanos producimos en el clima -unas más verosímiles que otras-, pero no hay una certeza cognoscitiva absoluta, cuya disidencia sólo sería imputable a la mala voluntad. Pero la ciencia, en este punto, no proporciona verdades (en el sentido de cadenas causales o leyes universales), sino suposiciones, escenarios, modelos y verosimilitudes más o menos bien justificados.
De todo esto no debe deducirse que sea poco plausible el cambio antrópico del clima y que no tenga sentido preocuparse de remediarlo. Se trata más bien de no olvidar que el problema consiste en cómo viven las sociedades modernas con la inseguridad y la contingencia.
Lo que nos viene a contar Innerarity es el carácter interminable de la ciencia; nunca se debe dar un debate por cerrado. Quizá el caso más famoso y evidente es la Física con las figuras eminentes de Newton y Einstein. La Física de Newton era una disciplina acabada y plena, indiscutible, hasta que llegó Einstein y demostró que la Física conocida hasta entonces era sólo una parte de la Física. Y quién sabe lo que nos espera en el futuro.
Con el cambio climático ocurre algo parecido (recordar el consenso Oreskes); la mayor parte de la comunidad científica implicada en su estudio está de acuerdo en su existencia y en la intervención del hombre en el proceso. Pero hay quien discrepa y, aunque se rebatan sus argumentos, la comunidad científica debe cuidar con esmero a los discrepantes. Nadie puede negar que quizá en ellos está el futuro. Además, en el caso del cambio climático se añade una circunstancia especial: casi todos los expertos están de acuerdo en lo que ha pasado pero el futuro sólo puede adivinar a partir de proyecciones y modelos enormemente complejos y en los que influyen múltiples factores. Aquí los discrepantes son muchos y los debates inacabables. Esto es ciencia; las creencias sin debate son otra cosa diferente.
*Innerarity, D. 1999. Enseñanzas del cambio climático. El País 3 noviembre.
Enseñanzas del cambio climático
Daniel Innerarity, El País, 03/11/1999
Que el hombre está amenazado por un cambio climático producido por él mismo es, hace tiempo, un lugar común. La reunión en Bonn de los firmantes del Convenio Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático no hace más que confirmarlo. El problema consiste en que no basta con afirmar cuál es el problema para resolverlo. ¿Estamos realmente amenazados? ¿Quién lo sabe? ¿Es seguro ese saber? No se trata, por supuesto, de una interesante disquisición teórica, sino de una cuestión práctica de la mayor importancia, pero constituye también un asunto en el que se refleja la opinión que la sociedad tiene de sí misma y el valor que concede al saber científico.
Desde finales de los años ochenta, un grupo de científicos norteamericanos a los que se denomina climate sceptics critica alguno de los tópicos corrientes sobre la materia. Los climadisidentes sostienen, principalmente, que el saber acerca del cambio antrópico no es tan seguro como afirman sus anunciadores. La polémica se agudizó en 1997 con el libro The heat is on, de Ross Gelbspan. Su tesis es que el calentamiento de la Tierra es una evidencia que sólo puede ser negada por motivos inconfesables. Los contrarians niegan que "la calefacción está encendida" en una ceremonia de confusión de la opinión pública. Se trataría de una verdadera conspiración entre científicos corruptos e industrias petroleras.
El escenario descrito por Gelbspan parece ignorar que los conocimientos científicos -y muy especialmente los que se refieren al cambio climático producido por el hombre- no tienen el carácter de evidencias irrefutables. De entrada, porque no hay procedimientos empíricos para sustentar una tesis cuando no cabe la repetición de un experimento. Con la Tierra ocurre algo similar a la experimentación en seres vivos. Para que una experiencia sea segura se requiere la posibilidad de repetir el experimento, lo que no cabe hacer sin poner en peligro la existencia misma del objeto sobre el que se experimenta. Todas las afirmaciones acerca del clima de la Tierra pueden ser más o menos razonables, pero no alcanzan aquella seguridad que procede de la contrastación empírica. Y cuanto más general sea la tesis que se sostiene, más modestas tienen que ser sus pretensiones de exactitud. En el fondo, las cosas importantes de la vida son irrepetibles, y por eso sabemos tan poco de ellas. Las dificultades para la determinación del cambio climático son una imagen de las dificultades generales que se tienen en la vida, que no tiene una segunda oportunidad.
Por este motivo son legítimas la discrepancia o la reserva, y carece de sentido adscribirlas al interés inconfesable o la mala voluntad. Con estas acusaciones no se avanza nada en la discusión acerca del valor social y científico del cambio climático.
El auténtico problema es el carácter controvertido de la ciencia y la técnica. Gelbspan parece desconocer esta dimensión de inseguridad que acompaña al desarrollo de la ciencia. Hay muchas teorías acerca del efecto que los seres humanos producimos en el clima -unas más verosímiles que otras-, pero no hay una certeza cognoscitiva absoluta, cuya disidencia sólo sería imputable a la mala voluntad. Pero la ciencia, en este punto, no proporciona verdades (en el sentido de cadenas causales o leyes universales), sino suposiciones, escenarios, modelos y verosimilitudes más o menos bien justificados.
De todo esto no debe deducirse que sea poco plausible el cambio antrópico del clima y que no tenga sentido preocuparse de remediarlo. Se trata más bien de no olvidar que el problema consiste en cómo viven las sociedades modernas con la inseguridad y la contingencia.
Lo que nos viene a contar Innerarity es el carácter interminable de la ciencia; nunca se debe dar un debate por cerrado. Quizá el caso más famoso y evidente es la Física con las figuras eminentes de Newton y Einstein. La Física de Newton era una disciplina acabada y plena, indiscutible, hasta que llegó Einstein y demostró que la Física conocida hasta entonces era sólo una parte de la Física. Y quién sabe lo que nos espera en el futuro.
Con el cambio climático ocurre algo parecido (recordar el consenso Oreskes); la mayor parte de la comunidad científica implicada en su estudio está de acuerdo en su existencia y en la intervención del hombre en el proceso. Pero hay quien discrepa y, aunque se rebatan sus argumentos, la comunidad científica debe cuidar con esmero a los discrepantes. Nadie puede negar que quizá en ellos está el futuro. Además, en el caso del cambio climático se añade una circunstancia especial: casi todos los expertos están de acuerdo en lo que ha pasado pero el futuro sólo puede adivinar a partir de proyecciones y modelos enormemente complejos y en los que influyen múltiples factores. Aquí los discrepantes son muchos y los debates inacabables. Esto es ciencia; las creencias sin debate son otra cosa diferente.
*Innerarity, D. 1999. Enseñanzas del cambio climático. El País 3 noviembre.
jueves 17 de abril de 2008
Saber más, hacer menos: el calentamiento global
En los últimos años, la información sobre el cambio climático ha salido de los laboratorios, de las reuniones de climatólogos o de las reivindicaciones de los ecologistas y ha llegado con fuerza a toda la sociedad; se publican libros, los periódicos le dedican páginan enteras, los políticos lo incluyen en sus programas, los intelectuales reflexionan sobre un fenómeno que nos afecta a todos. Hoy día, muchos ciudadanos saben lo que significa una gráfica de temperatura o de concentración de dióxido de carbono en la atmósfera en forma de palo de hockey y entienden los mapas de colores sobre el posible aumento de temperatura o del nivel del mar. Sin embargo, no se ha investigado a fondo qué significado tiene este aumento de información y de conocimientos en la conducta de los ciudadanos. Paul Kellstedt y sus colegas, de la Universidad A&M de Texas en College Station, decidieron conocer si películas como Una verdad incómoda o El día de mañana o libros, series de TV, etcétera, influían de alguna manera en la actitud de sus compatriotas.
Los autores hicieron una encuesta telefónica en Estados Unidos, entre el 13 de julio y el 10 de agosto de 2004, a 1093 personas. La encuesta buscaba conocer la actitud y la conducta de los entrevistados hacia el calentamiento global. La duración media de las encuestas fue de 37 minutos. Como conclusión más importante e interesante se debe destacar que los entrevistados que más informados estaban sobre el calentamiento global eran, también, los que se sentían menos responsables y, además, los menos comprometidos en la lucha contra el cambio climático. Estos mismos entrevistados son, por otra parte, los que mayor confianza tenían en los científicos expertos en el calentamiento global.
*Kellstedt, P.M., S. Zahran & A. Vedlitz. 2008. Personal efficacy, the information environment, and attitudes toward global warming and climate change in the United States. Risk Analysis 28: 113-126.
Los autores hicieron una encuesta telefónica en Estados Unidos, entre el 13 de julio y el 10 de agosto de 2004, a 1093 personas. La encuesta buscaba conocer la actitud y la conducta de los entrevistados hacia el calentamiento global. La duración media de las encuestas fue de 37 minutos. Como conclusión más importante e interesante se debe destacar que los entrevistados que más informados estaban sobre el calentamiento global eran, también, los que se sentían menos responsables y, además, los menos comprometidos en la lucha contra el cambio climático. Estos mismos entrevistados son, por otra parte, los que mayor confianza tenían en los científicos expertos en el calentamiento global.
*Kellstedt, P.M., S. Zahran & A. Vedlitz. 2008. Personal efficacy, the information environment, and attitudes toward global warming and climate change in the United States. Risk Analysis 28: 113-126.
sábado 12 de abril de 2008
Puntos calientes
En una entrada anterior de este blog escribía sobre los puntos calientes (Hotspots) como método para conservar la biodiversidad. Los puntos calientes fueron propuestos por vez primera por Norman Myers, ahora en la Universidad de Oxford, en 1988, y se hicieron muy populares tras la publicación de un artículo, cofirmado con otros investigadores de Oxford y de la organización Conservación Internacional, de Washington DF, en Nature en febrero de 2000. Los que leen este blog saben que no soy muy partidario de copiar textos completos pero, en este caso, Mónica Salomone publicó un muy bien documentado y estructurado artículo sobre los puntos calientes en El País, el 8 de marzo de 2000, a raíz del trabajo de Myers en Nature. El texto completo, que reproduzco a continuación, lo he tomado del blog Turcón:
Los 25 "puntos calientes" de la biodiversidad
Mónica Salomone. El País, 8-3-2000.
La mayor extinción masiva de especies desde la desaparación de los dinosaurios hace 65 millones de años está seguramente ocurriendo ahora, y por culpa del hombre. Es muy probable además que lo que se ve hoy sea sólo la punta del iceberg que emergerá del todo, según los modelos que simulan el fenómeno, a mediados del próximo siglo. Y para entonces será demasiado tarde. El tiempo que necesitaría el planeta para recuperarse sería mucho más del millón y pico de años que hace que el hombre existe como especie. ¿Cómo abordar el problema? Entre los expertos cunde el realismo, y se asume la imposibilidad de atender por igual a todas las especies amenazadas. Un grupo de científicos ha localizado 25 puntos calientes de la biodiversidad en el mundo.
Un equipo de investigadores británicos y estadounidenses ha enfocado la cuestión como un estudio de mercado, y se ha preguntado: "¿Cómo podemos proteger el mayor número de especies por dólar invertido?". La respuesta, publicada en la revista Nature (24 de febrero), es una propuesta para concentrar los esfuerzos de protección en 25 puntos calientes de la biodiversidad del planeta seleccionados por ellos. Son áreas que cubren apenas el 1,4% de la superficie total del planeta, pero que albergan el 44% de las especies vegetales terrestres y el 35% de los vertebrados (sin contar los peces).
"Se dice a menudo que, si la extinción masiva de especies sigue al ritmo actual, entre uno y dos tercios de las especies corren grave riesgo de desaparecer en un futuro próximo", dicen los investigadores Norman Myers, Russel y Cristina Mittermeier, Gustavo da Fonseca y Jennifer Kent, de la Universidad de Oxford y de la organización Conservación Internacional. "Nuestro análisis indica que parte de este problema se puede paliar protegiendo los 25 puntos calientes seleccionados".
Es una estrategia que llaman de "bala de plata": esfuerzo de máxima eficacia frente a actuaciones en áreas dispersas y a menudo delimitadas por las fronteras. Y se justifica precisamente por la propia existencia de los puntos calientes : los biólogos saben que las especies cuyo hábitat está limitado a regiones pequeñas son también las más sensibles; la pérdida de la cubierta vegetal de un punto caliente de biodiversidad es mucho más grave que la urbanización de un área de superficie mucho mayor pero más uniforme.
Los investigadores recurrieron a más de un centenar de expertos en las áreas implicadas, así como a 800 fuentes bibliográficas, para seleccionar los puntos calientes . El problema de la desigualdad de datos disponibles por áreas no les ha impedido llegar a conclusiones. Los puntos calientes seleccionados están repartidos por todo el planeta y cubren diferentes áreas climáticas: las montañas del Cáucaso, partes de California, la cuenca mediterránea -que incluye toda la mitad sur de España- y los trópicos.
Especies endémicas
En la selección se han seguido dos criterios: los puntos calientes deben contener como endémicas al menos un 0,5% de las 300.000 especies vegetales en el mundo. De hecho, 15 de las 25 áreas elegidas contienen al menos 2.500 especies vegetales endémicas, y el resto, unas 5.000 especies. Otra condición para ser punto caliente es que debe haber perdido ya más del 70% de su vegetación primaria.
Trece de los puntos calientes finalmente seleccionados han perdido ya entre el 90% y el 95% de su cubierta vegetal original. Los autores advierten de que estos criterios dejan fuera a zonas de gran biodiversidad como la Amazonia, Nueva Guinea o la cuenca del Congo, porque retienen todavía al menos el 75% de su cubierta vegetal primaria.
En cuanto a los vertebrados -no escogidos como criterio-, en los puntos calientes seleccionados hay 27.298 especies de mamíferos, pájaros, reptiles y anfibios. Los peces se excluyen por escasez de datos -se estima que quedan unas 5.000 especies por ser descubiertas-.
Tampoco se cuentan los invertebrados, que probablemente suponen el 95% de todas las especies, en su mayoría insectos. Se asume que la pérdida de plantas supone también la de insectos (el género ficus, por ejemplo, el más extendido en los trópicos, incluye más de novecientas especies, cada una de las cuales es polinizada por una especie determinada de abejas).
El equipo ha podido identificar los puntos más calientes entre los 25, los que figuraban a la cabeza según los todos los criterios: Madagascar, Filipinas y Sundaland, seguidos por la selva atlántica brasileña y el Caribe. Madagascar, Filipinas y el Caribe son especialmente importantes porque su extensión es pequeña. La cuenca mediterránea y los Andes tropicales son valorados como "candidatos hipercalientes para políticas conservacionistas", dada su "excepcional riqueza en plantas endémicas: 13.000 y 20.000, respectivamente", dicen los investigadores.
La pérdida de superficie sufrida por los puntos calientes da un indicio de su grado de amenaza: hoy cubren un área de 2,1 millones de kilómetros cuadrados, pero antes cubrían 17,4 millones de kilómetros cuadrados, o el 11,8% del planeta.
En el estudio se incluye también lo que a juicio de los investigadores costaría una protección efectiva de los puntos calientes : creen que se podría avanzar bastante dedicando 20 millones de dólares por punto caliente y año durante los próximos cinco años. Aunque esto es más de los 400 millones de dólares gastados en estas zonas por distintas organizaciones no gubernamentales durante la pasada década, sigue siendo "sólo el doble de lo que cuesta una única misión Pathfinder a Marte, justificada en gran parte por su importancia para la biodiversidad: la búsqueda de vida extraterrestre", escriben con un toque irónico los investigadores.
Con todo, advierten, no debe esperarse que "la protección de los puntos calientes salvaguarde todas sus especies indefinidamente". Cuando un área pierde gran parte de su hábitat original, y especialmente cuando el que queda está muy fragmentado, seguirá perdiendo especies incluso después de que la pérdida de hábitat haya parado.
Acciones inmediatas
En un comentario en la misma revista, los estadounidenses Stuart Primm y Peter Raven, de la Universidad de Columbia y el Jardín Botánico de Misuri, respectivamente, advierten: "A menos que haya acciones inmediatas para proteger los puntos calientes que no lo están, la pérdida de especies crecerá más del doble". Pero creen que es también necesario extender la protección a las selvas tropicales en general o, de lo contrario, "dentro de unas décadas, la extinción de las especies aún no tan amenazadas superará a la de los puntos calientes ". Primm y Raven recuerdan que las selvas tropicales cubrían originariamente entre 14 y 18 millones de kilómetros cuadrados, de los que hoy queda alrededor de la mitad; cada década se gana a la selva cerca de un millón de kilómetros cuadrados, y un área mucho mayor se ve afectada por incendios.
Santiago Castroviejo, investigador del CSIC y coordinador general de la obra Flora Ibérica , considera el estudio de Nature como "útil y claro", y desprende de él dos conclusiones además de las resaltadas por los autores: que siguen haciendo falta más datos y que "las estrategias de conservación deben llevarse a cabo sin tener en cuenta divisiones políticas: las plantas no entienden de fronteras". Flora Ibérica ha publicado ya ocho tomos y cubre aproximadamente el 40% del total de la obra prevista, comenta Castroviejo, del Real Jardín Botánico de Madrid (CSIC).
Varios expertos españoles consideran que es necesario poner en marcha un plan nacional de investigación de la biodiversidad para tener más datos sobre la situación.
En la actualidad, años después de la propuesta de Myers, sigue la polémica sobre los puntos calientes: desde su sustitución por otros métodos, tal como comentaba en la entrada mencionada de este blog, hasta su dificultad para definirlos, como plantean N. Krishnankutty y S. Chandrasekaran, del Colegio Thiagarajar, de Madurai, en la India; o el estudio y ampliación de los puntos calientes, siempre según los criterios de Myers, estudiando la biodiversidad y sus cambios a largo plazo, como propone el mismo Myers, o entender la biodiversidad actual estudiando el pasado a través de la paleontología, según Katherine Willis y su grupo, también de Oxford.
La biodiversidad está en peligro, los métodos para mantenerla son varios y en discusión pero, como siempre pasa en ciencia, la propia discusión es el camino para resolver el problema o, por lo menos, para mitigarlo.
*Krishnankutty, N. & S. Chandrasekaran. 2007. Biodiversity hotspots: Defining the indefinable? Current Science 92: 1344-1345.
*Myers, N. 1988. Threatened biotas: "Hot Spots" in tropical forests. The Environmentalist 8: 187-208.
*Myers, N., R.A. Mittermeier, C.G. Mittermeier, G.A.B. Fonseca & J. Kent. 2000. Biodiversity hotspots for conservation priorities. Nature 403: 853-858.
*Salomone, M. 2000. Los 25 "puntos calientes" de la biodiversidad. El País 8 marzo
*Willis, K.J., M.B. Araújo, K.D. Bennett, Blanca Figueroa-Rangel, C.A. Froyd & N. Myers. How can a knowledge of the past help to conserve the future? Biodiversity conservation and the relevance of long-term ecological studies. Philosophical Transactions of the Royal Society B 362: 175-186.
*Willis, K.J., L. Gillson & S. Knapp. 2007. Biodiversity hotspots through time: an introduction. Philosophical Transactions of the Royal Society B 362: 169-174.
Los 25 "puntos calientes" de la biodiversidad
Mónica Salomone. El País, 8-3-2000.
La mayor extinción masiva de especies desde la desaparación de los dinosaurios hace 65 millones de años está seguramente ocurriendo ahora, y por culpa del hombre. Es muy probable además que lo que se ve hoy sea sólo la punta del iceberg que emergerá del todo, según los modelos que simulan el fenómeno, a mediados del próximo siglo. Y para entonces será demasiado tarde. El tiempo que necesitaría el planeta para recuperarse sería mucho más del millón y pico de años que hace que el hombre existe como especie. ¿Cómo abordar el problema? Entre los expertos cunde el realismo, y se asume la imposibilidad de atender por igual a todas las especies amenazadas. Un grupo de científicos ha localizado 25 puntos calientes de la biodiversidad en el mundo.
Un equipo de investigadores británicos y estadounidenses ha enfocado la cuestión como un estudio de mercado, y se ha preguntado: "¿Cómo podemos proteger el mayor número de especies por dólar invertido?". La respuesta, publicada en la revista Nature (24 de febrero), es una propuesta para concentrar los esfuerzos de protección en 25 puntos calientes de la biodiversidad del planeta seleccionados por ellos. Son áreas que cubren apenas el 1,4% de la superficie total del planeta, pero que albergan el 44% de las especies vegetales terrestres y el 35% de los vertebrados (sin contar los peces).
"Se dice a menudo que, si la extinción masiva de especies sigue al ritmo actual, entre uno y dos tercios de las especies corren grave riesgo de desaparecer en un futuro próximo", dicen los investigadores Norman Myers, Russel y Cristina Mittermeier, Gustavo da Fonseca y Jennifer Kent, de la Universidad de Oxford y de la organización Conservación Internacional. "Nuestro análisis indica que parte de este problema se puede paliar protegiendo los 25 puntos calientes seleccionados".
Es una estrategia que llaman de "bala de plata": esfuerzo de máxima eficacia frente a actuaciones en áreas dispersas y a menudo delimitadas por las fronteras. Y se justifica precisamente por la propia existencia de los puntos calientes : los biólogos saben que las especies cuyo hábitat está limitado a regiones pequeñas son también las más sensibles; la pérdida de la cubierta vegetal de un punto caliente de biodiversidad es mucho más grave que la urbanización de un área de superficie mucho mayor pero más uniforme.
Los investigadores recurrieron a más de un centenar de expertos en las áreas implicadas, así como a 800 fuentes bibliográficas, para seleccionar los puntos calientes . El problema de la desigualdad de datos disponibles por áreas no les ha impedido llegar a conclusiones. Los puntos calientes seleccionados están repartidos por todo el planeta y cubren diferentes áreas climáticas: las montañas del Cáucaso, partes de California, la cuenca mediterránea -que incluye toda la mitad sur de España- y los trópicos.
Especies endémicas
En la selección se han seguido dos criterios: los puntos calientes deben contener como endémicas al menos un 0,5% de las 300.000 especies vegetales en el mundo. De hecho, 15 de las 25 áreas elegidas contienen al menos 2.500 especies vegetales endémicas, y el resto, unas 5.000 especies. Otra condición para ser punto caliente es que debe haber perdido ya más del 70% de su vegetación primaria.
Trece de los puntos calientes finalmente seleccionados han perdido ya entre el 90% y el 95% de su cubierta vegetal original. Los autores advierten de que estos criterios dejan fuera a zonas de gran biodiversidad como la Amazonia, Nueva Guinea o la cuenca del Congo, porque retienen todavía al menos el 75% de su cubierta vegetal primaria.
En cuanto a los vertebrados -no escogidos como criterio-, en los puntos calientes seleccionados hay 27.298 especies de mamíferos, pájaros, reptiles y anfibios. Los peces se excluyen por escasez de datos -se estima que quedan unas 5.000 especies por ser descubiertas-.
Tampoco se cuentan los invertebrados, que probablemente suponen el 95% de todas las especies, en su mayoría insectos. Se asume que la pérdida de plantas supone también la de insectos (el género ficus, por ejemplo, el más extendido en los trópicos, incluye más de novecientas especies, cada una de las cuales es polinizada por una especie determinada de abejas).
El equipo ha podido identificar los puntos más calientes entre los 25, los que figuraban a la cabeza según los todos los criterios: Madagascar, Filipinas y Sundaland, seguidos por la selva atlántica brasileña y el Caribe. Madagascar, Filipinas y el Caribe son especialmente importantes porque su extensión es pequeña. La cuenca mediterránea y los Andes tropicales son valorados como "candidatos hipercalientes para políticas conservacionistas", dada su "excepcional riqueza en plantas endémicas: 13.000 y 20.000, respectivamente", dicen los investigadores.
La pérdida de superficie sufrida por los puntos calientes da un indicio de su grado de amenaza: hoy cubren un área de 2,1 millones de kilómetros cuadrados, pero antes cubrían 17,4 millones de kilómetros cuadrados, o el 11,8% del planeta.
En el estudio se incluye también lo que a juicio de los investigadores costaría una protección efectiva de los puntos calientes : creen que se podría avanzar bastante dedicando 20 millones de dólares por punto caliente y año durante los próximos cinco años. Aunque esto es más de los 400 millones de dólares gastados en estas zonas por distintas organizaciones no gubernamentales durante la pasada década, sigue siendo "sólo el doble de lo que cuesta una única misión Pathfinder a Marte, justificada en gran parte por su importancia para la biodiversidad: la búsqueda de vida extraterrestre", escriben con un toque irónico los investigadores.
Con todo, advierten, no debe esperarse que "la protección de los puntos calientes salvaguarde todas sus especies indefinidamente". Cuando un área pierde gran parte de su hábitat original, y especialmente cuando el que queda está muy fragmentado, seguirá perdiendo especies incluso después de que la pérdida de hábitat haya parado.
Acciones inmediatas
En un comentario en la misma revista, los estadounidenses Stuart Primm y Peter Raven, de la Universidad de Columbia y el Jardín Botánico de Misuri, respectivamente, advierten: "A menos que haya acciones inmediatas para proteger los puntos calientes que no lo están, la pérdida de especies crecerá más del doble". Pero creen que es también necesario extender la protección a las selvas tropicales en general o, de lo contrario, "dentro de unas décadas, la extinción de las especies aún no tan amenazadas superará a la de los puntos calientes ". Primm y Raven recuerdan que las selvas tropicales cubrían originariamente entre 14 y 18 millones de kilómetros cuadrados, de los que hoy queda alrededor de la mitad; cada década se gana a la selva cerca de un millón de kilómetros cuadrados, y un área mucho mayor se ve afectada por incendios.
Santiago Castroviejo, investigador del CSIC y coordinador general de la obra Flora Ibérica , considera el estudio de Nature como "útil y claro", y desprende de él dos conclusiones además de las resaltadas por los autores: que siguen haciendo falta más datos y que "las estrategias de conservación deben llevarse a cabo sin tener en cuenta divisiones políticas: las plantas no entienden de fronteras". Flora Ibérica ha publicado ya ocho tomos y cubre aproximadamente el 40% del total de la obra prevista, comenta Castroviejo, del Real Jardín Botánico de Madrid (CSIC).
Varios expertos españoles consideran que es necesario poner en marcha un plan nacional de investigación de la biodiversidad para tener más datos sobre la situación.
En la actualidad, años después de la propuesta de Myers, sigue la polémica sobre los puntos calientes: desde su sustitución por otros métodos, tal como comentaba en la entrada mencionada de este blog, hasta su dificultad para definirlos, como plantean N. Krishnankutty y S. Chandrasekaran, del Colegio Thiagarajar, de Madurai, en la India; o el estudio y ampliación de los puntos calientes, siempre según los criterios de Myers, estudiando la biodiversidad y sus cambios a largo plazo, como propone el mismo Myers, o entender la biodiversidad actual estudiando el pasado a través de la paleontología, según Katherine Willis y su grupo, también de Oxford.
La biodiversidad está en peligro, los métodos para mantenerla son varios y en discusión pero, como siempre pasa en ciencia, la propia discusión es el camino para resolver el problema o, por lo menos, para mitigarlo.
*Krishnankutty, N. & S. Chandrasekaran. 2007. Biodiversity hotspots: Defining the indefinable? Current Science 92: 1344-1345.
*Myers, N. 1988. Threatened biotas: "Hot Spots" in tropical forests. The Environmentalist 8: 187-208.
*Myers, N., R.A. Mittermeier, C.G. Mittermeier, G.A.B. Fonseca & J. Kent. 2000. Biodiversity hotspots for conservation priorities. Nature 403: 853-858.
*Salomone, M. 2000. Los 25 "puntos calientes" de la biodiversidad. El País 8 marzo
*Willis, K.J., M.B. Araújo, K.D. Bennett, Blanca Figueroa-Rangel, C.A. Froyd & N. Myers. How can a knowledge of the past help to conserve the future? Biodiversity conservation and the relevance of long-term ecological studies. Philosophical Transactions of the Royal Society B 362: 175-186.
*Willis, K.J., L. Gillson & S. Knapp. 2007. Biodiversity hotspots through time: an introduction. Philosophical Transactions of the Royal Society B 362: 169-174.
lunes 7 de abril de 2008
El descubrimiento de la lentitud
Fast food frente a Slow food. Así comenzó todo: comida rápida frente a comida lenta. Comida de temporada, de los alrededores de donde uno vive o, simplemente, pasa y come. Es lo que se llama ecogastronomía: respeto y utilización racional y sensible del entorno. Y disfrutar de la comida, de su preparación, de la cocina, del vino, de la compañía de los amigos y de la familia y de largas y relajadas sobremesas (y de las siestas con "pijama y orinal" si es preciso). Es otro modo de enfocar nuestra agitada vida y es una placentera manera de hacer proselitismo con el ejemplo. Todo esto nos lo cuenta Carl Honoré en su libro Elogio de la lentitud. Carl Honoré nació en Edimburgo en 1967 y vive actualmente en Canadá; es periodista y ha trabajado en The Economist, Observer, National Post y el Houston Chronicle. Este es su primer libro y ha sido un éxito en muchos países. Por mi parte, totalmente recomendable.
Otra de sus propuestas es caminar, por la ciudad o por el campo, evitar la aceleración, disfrutar del entorno y conocer el lugar en el que vivimos. Y para animarnos a ello utiliza un texto del ecologista estadounidense Edward Abbey, ya fallecido, que dice así: Hay algunas cosas buenas que decir acerca de caminar..., por ejemplo, requiere más tiempo que cualquier otra forma de locomoción excepto reptar. En consecuencia, dilata el tiempo y prolonga la vida, que ya es de por sí demasiado corta para desperdiciarla con la velocidad... Caminar hace que el mundo sea mucho más grande y, por ello, más interesante. Uno tiene tiempo para observar los detalles."
Pero El descubrimiento de la lentitud es otro libro, una novela que es casi una profecía del movimiento Slow Food del que nos hablaba Carl Honoré. El descubrimiento de la lentitud es una biografía novelada de John Franklin, escrita por Sten Nadolny. El autor, alemán, es director de cine, periodista y novelista cuyo mayor éxito es el libro que aquí trato. John Franklin fue capitán de la Royal Navy en la primera mitad del siglo XIX; militar, viajero y explorador, desapareció durante una expedición para descubrir el Paso del Noroeste, con 128 hombres y dos barcos cuyos nombres se hicieron famosos, el Erebus y el Terror. Era valiente, lleno de coraje, aprendía de la experiencia propia y de otros pero, como ha dejado escrito alguno de sus biógrafos, era lento en aprender y mucho más lento en aplicar lo aprendido. Nadolny pone en su boca la siguiente cita: Todo tiene su momento: a su debido tiempo o con retraso. Espero que esta cita anime a los partidarios del Slow Food a leer este libro.
*Honoré, C. 2005. Elogio de la lentitud. RBA Libros. Barcelona. 253 pp.
*Nadolny, S. 1992. El descubrimiento de la lentitud. Círculo de Lectores. Barcelona. 393 pp.
Otra de sus propuestas es caminar, por la ciudad o por el campo, evitar la aceleración, disfrutar del entorno y conocer el lugar en el que vivimos. Y para animarnos a ello utiliza un texto del ecologista estadounidense Edward Abbey, ya fallecido, que dice así: Hay algunas cosas buenas que decir acerca de caminar..., por ejemplo, requiere más tiempo que cualquier otra forma de locomoción excepto reptar. En consecuencia, dilata el tiempo y prolonga la vida, que ya es de por sí demasiado corta para desperdiciarla con la velocidad... Caminar hace que el mundo sea mucho más grande y, por ello, más interesante. Uno tiene tiempo para observar los detalles."
Pero El descubrimiento de la lentitud es otro libro, una novela que es casi una profecía del movimiento Slow Food del que nos hablaba Carl Honoré. El descubrimiento de la lentitud es una biografía novelada de John Franklin, escrita por Sten Nadolny. El autor, alemán, es director de cine, periodista y novelista cuyo mayor éxito es el libro que aquí trato. John Franklin fue capitán de la Royal Navy en la primera mitad del siglo XIX; militar, viajero y explorador, desapareció durante una expedición para descubrir el Paso del Noroeste, con 128 hombres y dos barcos cuyos nombres se hicieron famosos, el Erebus y el Terror. Era valiente, lleno de coraje, aprendía de la experiencia propia y de otros pero, como ha dejado escrito alguno de sus biógrafos, era lento en aprender y mucho más lento en aplicar lo aprendido. Nadolny pone en su boca la siguiente cita: Todo tiene su momento: a su debido tiempo o con retraso. Espero que esta cita anime a los partidarios del Slow Food a leer este libro.
*Honoré, C. 2005. Elogio de la lentitud. RBA Libros. Barcelona. 253 pp.
*Nadolny, S. 1992. El descubrimiento de la lentitud. Círculo de Lectores. Barcelona. 393 pp.
sábado 5 de abril de 2008
Las mentiras del cambio climático
En los últimos cinco años se han publicado decenas de libros sobre el cambio climático, tanto a favor como en contra. Uno de los textos en contra, aunque con matices, es Las mentiras del cambio climático, con un subtítulo muy explícito, Un libro "ecológicamente incorrecto". Su autor es Jorge Alcalde, periodista científico, director de la revista QUO, colaborador habitual en temas de ciencias para la cadena COPE y responsable del programa Vive la Ciencia de Libertad Digital TV. Antes trabajó en Muy Interesante, Tiempo, GEO y El Mundo.
La tesis central de su libro es que, aunque haya dudas, el calentamiento global es plausible que exista pero no se debe al aumento de dióxido de carbono en la atmósfera y, en consecuencia, no tiene nada que ver con la actividad humana. Y, por tanto, todo lo que se haga para disminuir los vertidos de CO2 a la atmósfera no sirven para el fin que se supone, evitar el calentamiento, sino a los intereses políticos de los movimientos ecologistas. No cree que exista el consenso entre científicos que el IPCC parece asumir, asunto que ya he tratado en una entrada anterior, y, en el último capítulo del libro, revisa la bibliografía existente sobre la influencia del sol y de los ciclos de manchas solares sobre el clima de la Tierra. Concluye que, si el sol fuera el culpable del calentamiento global, poco podríamos hacer para mitigar el cambio climático y multitud de instituciones y personas que viven de ello, se quedarían sin objetivos, y sin fondos.
Es un libro para leer, sean cuales sean las ideas del lector, porque a los argumentos hay que rebatirlos con argumentos y no con descalificaciones, a menudo personales, tan habituales en las discusiones sobre asuntos del medio ambiente. En ciencia, hay que procurar no oponer creencia a la evidencia; eso es religión y no ciencia.
*Alcalde, J. 2007. Las mentiras del cambio climático. Un libro ecológicamente incorrecto. LibrosLibres. Madrid. 210 pp.
La tesis central de su libro es que, aunque haya dudas, el calentamiento global es plausible que exista pero no se debe al aumento de dióxido de carbono en la atmósfera y, en consecuencia, no tiene nada que ver con la actividad humana. Y, por tanto, todo lo que se haga para disminuir los vertidos de CO2 a la atmósfera no sirven para el fin que se supone, evitar el calentamiento, sino a los intereses políticos de los movimientos ecologistas. No cree que exista el consenso entre científicos que el IPCC parece asumir, asunto que ya he tratado en una entrada anterior, y, en el último capítulo del libro, revisa la bibliografía existente sobre la influencia del sol y de los ciclos de manchas solares sobre el clima de la Tierra. Concluye que, si el sol fuera el culpable del calentamiento global, poco podríamos hacer para mitigar el cambio climático y multitud de instituciones y personas que viven de ello, se quedarían sin objetivos, y sin fondos.
Es un libro para leer, sean cuales sean las ideas del lector, porque a los argumentos hay que rebatirlos con argumentos y no con descalificaciones, a menudo personales, tan habituales en las discusiones sobre asuntos del medio ambiente. En ciencia, hay que procurar no oponer creencia a la evidencia; eso es religión y no ciencia.
*Alcalde, J. 2007. Las mentiras del cambio climático. Un libro ecológicamente incorrecto. LibrosLibres. Madrid. 210 pp.
martes 1 de abril de 2008
Basura: Ginebra, Nápoles, Bilbao (II)
Últimas noticias: La basura de Nápoles va camino de Alemania
En un artículo publicado por Miguel Mora en El País del 31 de marzo se cuenta que Nápoles va a enviar, pagando 30 millones de euros, entre 105000 y 160000 toneladas de basura a Alemania para ser incineradas y producir electricidad. Como dice el autor, Westfalia, Hamburgo, Sajonia y Baviera se calentarán en los próximos meses con basura napolitana. Y esta operación de limpieza de Nápoles la hace el ejército, ahora que se acercan las elecciones, dirigido por el general Gianni De Gennaro, el mismo que organizó la represión antiglobalización en Génova durante la reunión del G-8.
*Mora, M. 2008. Nápoles envía su basura a Alemania. El País 31 marzo.
En un artículo publicado por Miguel Mora en El País del 31 de marzo se cuenta que Nápoles va a enviar, pagando 30 millones de euros, entre 105000 y 160000 toneladas de basura a Alemania para ser incineradas y producir electricidad. Como dice el autor, Westfalia, Hamburgo, Sajonia y Baviera se calentarán en los próximos meses con basura napolitana. Y esta operación de limpieza de Nápoles la hace el ejército, ahora que se acercan las elecciones, dirigido por el general Gianni De Gennaro, el mismo que organizó la represión antiglobalización en Génova durante la reunión del G-8.
*Mora, M. 2008. Nápoles envía su basura a Alemania. El País 31 marzo.
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